
Tormentas del pasado arremeten contra mi corazón, el cráter vuelve a la actividad, aunque pretenda que este inactivo se puede oír sus gruñidos en la penumbra llamándome sin cesar para que acuda de nuevo en la noche y con sigilo hacía su fuego…
Me empeñé en tapar ese cráter, me empeñé en hacerlo silenciar, me empeñé en que no volvería a oírlo jamás… me empeñé en levantar tres muros que llegaran al cielo para apaliar su esencia… primero levanté el muro de la fuerza, luego el de la valentía y más tarde el del valor. Hice esto y para no dejar hueco a la sin razón quise ponerle una tapadera… el dolor, con estos cuatro elementos pensé que estaría seguro, formaba un cubo infranqueable…
Aunque me dejé un cabo sin atar, quise dejar una pequeña puerta trasera oculta en la maleza de la honestidad, grave error, error que pagaré ahora con la sangre de mi corazón, con la herida nuevamente abierta ya que jamás pensé que el subconsciente se aliara con el recuerdo.
Ahora soy consciente de mi error, los muros han caído, y aunque el latido del volcán lata despacio lo hace de forma extraña, lo hace con una doble fuerza, estoy vencido, sólo me queda un arma, es el arma de doble filo, el arma de la verdad. Debería atravesar mi cuerpo con ese arma antes de que el volcán ruja con más fuerza, no se si con eso le provocaré o apaciguaré su furia, en realidad me da igual, el caso es que seguramente caeré en la más oscura pesadilla sintiendo para siempre y por jamás el vacío de vivir separado de mi alma.
Tumbado en mi cama, boca arriba, con el libro que escribí sobre mis manos, esperando que el arma que se balancea sin cesar sobre mí caiga de una vez.