El crepúsculo comienza…
Maestro hoy debo de salir solo, he de visitar un lugar…
Cojo mi báculo y comienzo la caminata, soy consciente de lo que me puedo encontrar por el camino, un lobo sediento de carne puede ser fatal, pero aun así he de ir…
Tras varias horas luchando únicamente con la maleza y la niebla de este tétrico lugar, una cruz en el horizonte avisa de que ya estoy cerca… un poco más y lo conseguiré…
El Cementerio, entro y camino hacia una lápida, en ella está escrito: “Aquí yace una leyenda…”, un bonito epitafio que me dedicaron mis seres queridos hace tanto tiempo… me siento a descansar un momento y los recuerdos se pelean en mi cabeza para recordar quien era… y lo que soy ahora, cierto es que estoy orgulloso de ser lo que soy y que me arrepiento quizás más de las cosas que no hice que de las que realicé, pero bueno eso ya es lo de menos.
Recuerdo el día que me casé, no recuerdo su cara, pero sí sus manos, las manos que sostenían las mías temblorosas y que me daban valor para seguir hacia delante, esas manos que arañaban mi cuerpo en nuestras mejores noches, recuerdo quedarme con la boca seca de tanto hablar, noches en vela riendo, soñando despiertos con el destino que jamás cumplimos y ahora qué? Ahora tengo miles de años más para conseguir ese destino, que pena que haya devorado casi todo su cuerpo en mis primeras noches, en esas que intentaste curarme o salvarme de la noche…
Me levanto, abro la lápida y ahí están, como si no hubiera pasado el tiempo, esas delicadas manos impolutas debido al conjuro de aquel viejo que perdoné la vida cuando empezaba a ser algo más que un animal, abrázame una vez más les pedí y caí rendido en el ataúd…
Mis ojos se abren, el alba da fin a mi querida noche y he de volver a casa, espero que mi maestro haya cazado por mí, tengo hambre de sangre, el ansia fluye de nuevo por mi cuerpo, me empiezo a sentir con fuerzas de nuevo…
Camino a mi guarida escuché el jadeo de alguien que me perseguía… el olor era inconfundible, era un lobo y por mucho que yo corría cada vez le sentía más cerca, hasta que de un salto me enfrenté a él… de nuevo sangre brotando por todo mi cuerpo, el placer de la sangre fresca se deslizaba por mi garganta hasta que le dejé sin aliento…
“Tuviste suerte” escuché mientras volvía a tener conciencia de mis sentidos, aún no estás del todo recuperado aunque tus heridas mas superficiales sanan con facilidad las mas profundas aún siguen abiertas esperando sangre humana para cicatrizar...
Alea Jacta Est
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