Ya es la hora… la
puerta de mi guarida está entornada, dudo mucho que alguien que no sea
bienvenido se atreva a entrar aquí, escucho el chirriar de las bisagras viejas
y oxidadas avisándome de que alguien entra.
Su olor recorre mis fosas nasales hasta el interior de mis
pulmones, no tengo ninguna duda, es ella, mi protegida, en cuestión de milésimas
de segundo bajo un piso y me sitúo frente a ella mirándola de arriba abajo.
-¿Qué te ha pasado, pequeña?- Su amoratada cara lucía una
leve sonrisa, un brecha en su frente hizo resurgir mi preocupación, de un golpe
le arranque la ropa y vi cómo su cuerpo, su precioso cuerpo había sido dañado,
eran heridas profundas, algunas de ellas aún estaban infectadas. Arañazos por
todo su cuerpo denotaba que no había sido una pelea de barrio, había sido un animal,
arrimé mi cara a su barriga, a una de las heridas y efectivamente era
repugnante, cómo tan bella dama podía tener una herida que oliera así, la
respuesta era sencilla, eran heridas hechas por un licántropo.
-Fuiste tú, ¿verdad? Tú me salvaste del lobo contra el que no quise
luchar.- La zarandee con fuerzas hasta que caímos arrodillados en el suelo, la
culpa que vive en mi interior no paraba de alimentarse de esta situación… hasta
que ella mientras me abrazaba dijo algo que no podré olvidar jamás: -somos el equipo
mi amor, me tocaba protegerte.-
-Déjame que te cure- clavé los colmillos en mi muñeca y sentí como mi
sangre fluía rápidamente, se la ofrecí… -Bebe con cuidado pequeña y deja que mi
ser cure todas tus heridas-.
Abrazados
caímos al suelo, mientras sus heridas sanaban, yo la acariciaba protegiéndola de
todo mal. Olvidándoseme que dentro de tres noches tengo una reunión muy
importante.
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